
Por: Yolanda Muñoz Pérez
Imaginemos por un momento una sala de mediación en un futuro no muy lejano. Dos socios comerciales, enfrentados por la disolución de su empresa y la división de activos, llevan horas enrocados en cifras y reproches. La tensión es palpable. De repente, el mediador activa una herramienta de Inteligencia Artificial de última generación. En cuestión de segundos, tras analizar miles de correos electrónicos, transacciones financieras y precedentes legales, la pantalla muestra tres propuestas de acuerdo que maximizan el beneficio mutuo y minimizan el impacto fiscal. Son soluciones técnicamente perfectas, matemáticamente irreprochables y, sobre todo, carentes de cualquier sesgo emocional.