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martes, 3 de mayo de 2016

RESILIENCIA… no se nace… se hace




¿Es usted resiliente?… ¿perdón?

Si es la primera vez que escucha el término resiliente, enhorabuena, probablemente nunca haya tenido que afrontar una gran adversidad en su vida, probablemente tampoco haya acudido a terapia, y ni siquiera sea asiduo a libros de autoayuda. Quizá nos suena la palabra, puede que la hayamos escuchado en la televisión. 

El origen del vocablo RESILIENCIA proviene del latín: “resilio”, que significa volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar. En sus orígenes la noción fue empleada por la Ingeniería Civil para describir la capacidad de un material de recobrar su forma original después de haber estado sometido a una presión deformadora. En ingles “resilience” refiere la tendencia de un cuerpo a volver a un estado original o tener el poder de recuperación (to rebound/ recoil/ to spring back).

Desde la Mediación se entiende como la habilidad del ser humano de sobreponerse ante situaciones desfavorables, un escudo que nos protege y/o ayuda a sobreponernos de lo malo que pueda suceder.

No es magia, no es algo innato que uno adquiere ya en el útero de la madre, es algo que se aprende a lo largo de la vida, y desgraciadamente, su aprendizaje va ligado a situaciones de alto riesgo. Las personas resilientes a pesar de nacer y vivir en situaciones de alto riesgo, consiguen desarrollarse psicológicamente sanas y exitosas. 

El perfil de una persona resiliente corresponde con:
  • Dar a los problemas la importancia justa que tienen, centrándose en el aquí y ahora no magnificar los problemas ni aparcarlos).
  • Ser uno mismo, tomando decisiones de una manera racional (no a la impulsividad). Centrarse en cómo superar o resolver un problema.
  • Tener relaciones positivas de apoyo (familia, amigos…) que te den seguridad y te sientas querido.
  • No avergonzarse de sentir emociones negativas (miedo, ansiedad, tristeza...) son sinónimos de salud mental.
  • Involucrarse en los problemas de los demás y ayudarles (no centrarse en uno mismo únicamente). Que te ayudará a relativizar la realidad, crear lazos sociales y a sentirte bien.
¿Puedo aprender a ser resiliente? 

Sí, los estudios psicológicos apuntan que es posible modificar el modo en el que la persona percibe el estrés, generalmente ligado a situaciones aprendidas, y por lo tanto, aumentar la resiliencia. 

Otra vía recomendada es la verbalización, es decir, a través de la palabra y la escritura puede trabajarse la resiliencia. Narrar la historia que nos ha hecho daño puede ayudar a superarla.
"Las palabras, bien usadas, son como llaves mágicas que desbloquean cualquier cerradura y ya sólo conociendo y profundizando en el significado de esta palabra se sienten sus efectos."
A este respecto queremos destacar una serie de artículos del diario EL MUNDO, donde se da voz a tres mujeres resilientes. No son escritoras profesionales, pero han logrado plasmar en una novela sus experiencias vitales. Sintieron la necesidad de hacerlo y, después, se encontraron más fuertes. Lo consiguieron gracias a la plataforma de de autopublicación de Penguin Random House Grupo Editorial: megustaescribirlibros.com 

Las historias de Marta, Sandra y Mireya


“La de Marta no es una la historia de un trauma, pero sí la de una persona en ese momento de la vida en la que todo cambia, cuando se pasa de niño a adulto, de pequeño alumno a estudiante universitario, de la protección de la niñez, donde todo parece que funciona bien y sin problemas. Escribió su libro ¿Y cuando todo sale mal? con 19 años -ahora tiene 23-, al poco de comenzar a estudiar en la Facultad de Medicina...”


“Sandra Iraizoz, navarra, aventurera, con muchas aficiones y muy distintas, reconoce que "cayó en picado" en un momento de su vida. Estudió Comunicación Audiovisual y, en los últimos Goya, un documental en el que trabajó, Hijos de la tierra, ganó el premio al mejor cortometraje documental….”


“Mireya Pérez habla hoy desde La Laguna, en Tenerife, pero parte de su historia tiene como escenario otro país: Venezuela. Hace apenas unos meses que falleció su marido, al que cuidó durante años pues sufrió distintas enfermedades, hasta que tuvo que ver la vida desde una silla de ruedas, incluso. Pero el gran acto resiliente de Mireya tiene que ver no tanto con su marido sino con su hijo, que es también quien da nombre a la novela que esta mujer de origen venezolano ha escrito: Mi hijo pródigo. Su hijo sigue desaparecido en Venezuela, nada sabe de él y, durante décadas, intentó que superara su adicción a las drogas, sin conseguirlo...”



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